
El pasado jueves pudimos asistir al acto de presentación del nuevo poemario de nuestra compañera Ana Moreno Soriano, «LA MATERIA DE LOS SUEÑOS», que tuvo lugar en el Centro Cultural El Pósito de la ciudad de Linares.

Con una sala repleta de un público deseoso de conocer el último trabajo de la poeta, la introducción al acto fue llevada a cabo por Plácida Moreno y luego la autora se encargó de presentar a quienes compartían mesa con ella, Rikardo González, director de la editorial Utopía Libros, responsable de la edición, e Isabel Herrera Benítez, amiga y filóloga que procedió a la lectura de varios poemas de la autora, en el centro de la mesa.



A continuación, la autora procedió a la lectura de un texto a modo de introducción de la obra y su contexto, lleno de guiños y que rezumaba esa corriente telúrica que damos por supuesta quienes la conocemos y queremos.


No me resisto a que, gracias a la generosidad de nuestra amiga, podáis disfrutar de las palabras que nos dirigió en el momento de la presentación, por lo que las encontraréis a continuación, en letra cursiva para diferenciarlas cumplidamente de esta torpe introducción.
La materia de los sueños
Linares, 7 de noviembre de 2024
Buenas tardes. Estoy encantada de estar aquí, porque pienso que un nuevo libro siempre es un motivo de alegría, incluso cuando estamos viviendo momentos de tristeza: no muy lejos de aquí, a unas cuantas horas en coche, muchas personas están tratando de reconstruir lo que les ha quitado la dana y muchas no podrán hacerlo porque han pedido hasta la vida; más lejos también en Cuba se enfrentan hoy a oro huracán, sigue el genocidio en Gaza, hay atentados contra los derechos humanos en muchos lugares del mundo y la elección de Trump en Estados Unidos es todo menos tranquilizadora porque recortará derechos sobre todo de las mujeres.
Y aun así, un libro de poesía es una buena noticia y yo agradezco, amigas y amigos, que nos hayamos reunido aquí esta tarde, en este espacio municipal del Pósito, a quienes han venido de fuera y a quienes estamos en Linares y también a quienes sé que hubieran venido y no han podido hacerlo.
Hace mucho tiempo leí en una obra de Shakespeare que estamos hechos de la materia de los sueños… Años después, un dirigente de mi Partido empezaba la reunión diciendo que escribimos la historia con el material de nuestros sueños. Reflexiones de acá y de allá –y conversaciones- me han inspirado el título de este libro de poemas, convencida de que los sueños no son solo una capacidad de los seres humanos, sino una necesidad, la necesidad de ver algo en nuestra imaginación antes de hacerlo realidad… Pero los sueños, a mi juicio, no son algo que transcurre de forma paralela a la cotidianidad, no es algo así como que el espíritu o las ideas van por un lado, y la realidad material por otro, entre otras cosas, porque yo soy una materialista –del materialismo histórico- y una soñadora y, para mí, ser soñadora no es estar en las nubes, sino tener los pies en el suelo y la mirada en el horizonte que es donde se sitúa la utopía, siempre un paso por delante.
Diré, como otras veces, que yo miro siempre los libros con atención desde la cubierta a la contracubierta –algo tiene que ver también el hecho de vivir con un bibliotecario- y por eso presto atención al título, a la imagen que aparece debajo, a la solapa con la foto y el texto, al colofón y a la idea que aparece en la contracubierta a modo de resumen del texto. También miro la dedicatoria y este libro está dedicado a mi marido, con quien llevo muchos años compartiendo las luchas y los sueños; contiene unos poemas que están dedicados a cuatro amigas a las que conozco desde la adolescencia y la primera juventud y tengo la suerte de que una de ellas está aquí esta tarde y va a leer esos poemas… Empezamos con Recuerdos. Isabel, cuando quieras…
Como cantos rodados,
suaves de agua y por el sol bruñidos,
me sorprenden a veces los recuerdos.
Con el tiempo han perdido las aristas,
pero no los colores
y acrisolan un átomo de vida
en cada piedra pulida y redonda
que, cargada de memoria y nostalgia,
se me viene a las manos
y en cada una siento
el temblor de una lágrima,
una palabra, un beso…
Y es ternura infinita lo que siento.
Y ahora ya, agradecida y emocionada, entro en el contenido del libro, en el que trato de dar forma a la materia de los sueños con la palabra, la conciencia y la ternura. La palabra, porque es la realidad inmediata del pensamiento, porque permite comunicarnos y porque crea el mundo, le da forma: “en el principio, la palabra” leemos en el Evangelio de San Juan… La conciencia, que es la forma de ser y de entendernos como seres humanos, que nos dice quiénes somos y que da sentido a nuestra vida y la ternura, porque crea vínculos entre las personas, de afecto, de solidaridad, de sororidad, de amor… imprescindibles para enfrentarnos de forma colectiva a las injusticias, para seguir el hilo de la Historia y no encerrarnos en un individualismo que el sistema ofrece como libertad –haz lo que quieras, porque tú lo vales- pero yo pienso que es más soledad y miseria sentimental, porque las personas no estamos hechas para vivir cada una en una isla. Como leí hace un tiempo en un artículo de Irene Vallejo, los seres humanos nos defendemos juntándonos, arropándonos, contándonos lo que nos pasa, compartiendo el pan y el fuego…
Pero éste es, además, un libro de poemas y la poesía es, para mí, una forma de expresar lo que somos y lo que sentimos. María Zambrano dice que no se escribe solo por necesidades literarias, sino por la necesidad que la vida tiene de expresarse y la poesía es el género literario que más se aproxima a la necesidad de expresar la vida, que, por otra parte, es la necesidad más antigua de los seres humanos. La poesía es comunicación y conocimiento; sirve para hablar con los demás, como dice Vicente Aleixandre, para bajar a la plaza y buscarse entre los otros y fundirse y reconocerse; pero también para conocer algo que existe, según José Ángel Valente, una realidad que se revela cuando el poeta o la poeta le da forma y que conoce cuando la expresa con palabras, las palabras que Emily Dickinson escribía y miraba hasta hacerlas brillar y que tienen el poder de desplegar el mundo ante nuestros ojos y de crearlo. Quien escribe poesía lo hace siempre en la tensión por conocer y por decir; para conocer, hay que decir: elegir ese sustantivo, preferir este verbo, rechazar aquel adjetivo, conseguir las mejores imágenes e imprimir a las palabras el ritmo necesario para que todo junto sorprenda por su belleza.
En la primera parte del libro hago esta definición de la palabra poética:
Esculpidas en piedra las palabras
o grabadas a fuego,
borradas en la arena por las olas,
reveladas, tachadas, pregonadas,
llevadas y traídas por el viento.
Penetran el misterio,
iluminan lo oscuro
y despliegan la vida ante los ojos;
palabras que son puente, escala, vínculo:
la palabra poética.
Quizás no lo conseguimos en el grado que nos gustaría –hay también una insatisfacción que a algunos poetas les lleva casi obsesivamente a corregir sus versos-, pero yo espero y deseo que el libro de poemas que presentamos esta tarde en Linares nos diga algo y nos descubra algo; si es así, es porque esos poemas nos han tocado el corazón y porque forman parte de ese martillo que es el arte, según Bertolt Brecht, y que sirve para dar forma al mundo.
Los títulos de mis libros de poemas anteriores empezaban por la palabra Mujeres: Mujeres en vuelo, Mujeres de carne y verso, Mujeres tejiendo alas… Siempre hablo de mujeres en plural, de mujeres distintas y diversas, no de la mujer en abstracto, porque los libros contienen vivencias propias y compartidas, confidencias, lecturas, pasajes de la memoria o del futuro, pero siempre las protagonistas son mujeres, que revelan sus emociones y sentimientos para ponerlos en común y construir lazos de solidaridad y que, al mismo tiempo, se rebelan contra la injusticia y la desigualdad que impiden poner la vida en el centro; indagan en las contradicciones históricas, para construir un mundo en el que la palabra, la conciencia y la ternura se convierten en instancias críticas contra el poder. Son voces que hablan de amor y de dolor, de vida y de muerte, del tiempo y de la esperanza.
Las mujeres sabemos que la palabra es poder, un poder que no siempre hemos tenido y, por eso, hemos estado mucho tiempo condenadas al silencio, nuestro testimonio no tenía validez o alguien -es decir, un hombre- nos podía mandar callar; no podíamos escribir, pero escribían sobre nosotras, éramos objetos literarios, pero no podíamos ser sujetos literarios. Sabemos que muchas mujeres escribían a escondidas, bajo un seudónimo, disimulando, buscando la aprobación de otros, quitando importancia a lo que hacían… (Ahora podemos ver en Madrid, en la Biblioteca Nacional, la exposición sobre María Lejárraga, que firmó sus obras con los apellidos de su marido Martínez Sierra; precisamente, la comisaria de esta exposición que se titula Una voz en la sombra es Carmen Domingo, la autora del prólogo de este libro). Sabemos que tuvo que pasar mucho tiempo, y salvar muchos obstáculos, para que pudiéramos tomar la palabra, explicarnos y contarnos el mundo tal y como lo vemos nosotras y para decir cómo nos gustaría que fuera…
Y lo hacemos desde una conciencia, una conciencia que adquirimos mirando alrededor, escuchándonos, leyendo, conociendo la Historia… Así sabemos, por ejemplo, que el patriarcado existe y que sabe adaptarse a todas las sociedades y que no es ni más ni menos que un conjunto de pactos y de complicidades entre los varones, para que las mujeres ocupemos en la sociedad el lugar que ellos quieren; para esto se ha invocado históricamente la naturaleza, pero también se han puesto todos los obstáculos posibles, unos más sutiles, otros más violentos. Tomar conciencia de la realidad no es fácil, porque hay muchas cosas que nos distraen, pero también porque eso supone aceptar un compromiso, señalar lo que no nos gusta y tratar de cambiarlo… Por esa razón, en esa parte del libro hay mujeres que se enfrentan a la injustica, que luchan por la libertad, que se rebelan contra la violencia, que no quieren guardar la ira que les provoca lo que ven alrededor, mujeres que sufren por la pérdida de un ser querido y expresan su dolor, pero no con desesperación sino celebrando lo vivido, incluso con esperanza:
La partida
Él se ha ido esperándome…
Cada amanecer frío
deseaba el verano,
un encuentro gozoso
entre el sol y la tierra
con la montaña amiga
como única testigo
y un brindis por la vida
con trasiego de besos.
Florecía el almendro
y el tiempo se acortaba
para ir a su lado,
mientras llegaba el eco
de su voz en la ausencia:
“Ven pronto, el alba es suave,
te arroparé en mis brazos
y ya no tendrás frío;
encenderemos fuego
con palabras y leña,
contemplaré las llamas
que brillan en tus ojos…”,
Y ahora yo lo espero
y seguimos hablando
del valle verde, el río
y las noches de amor
bajo un cielo de estrellas.
También hay mujeres que hablan de dolor y de tristeza, que acusan su desánimo y un malestar sin nombre, que buscan en sí mismas algo que no saben muy bien lo que es… No es fácil nadar a contracorriente -y muchas veces es la única manera-, pero sabemos que, en los momentos de dificultad, podemos volver a la memoria, a la experiencia de otras mujeres que han tenido las mismas luchas, las mismas tentaciones de abandonar todo y dejarse llevar y aparece entonces la magia de la prestidigitadora, de la sembradora, de la tejedora… en el poema “Oficios del corazón”. Y también la fe, la solidaridad, la esperanza como motor de todos los proyectos, de todos los sueños…
Las mujeres que hablan en estas páginas, a medida que son conscientes de las contradicciones que hay que superar, comprenden que la ternura es una forma de amor, quizás la más modesta, como dice la poeta Olga Tobarczuk. La ternura aparece cuando miramos de cerca a otro ser que no es nuestro “yo”; es una preocupación por los otros, entender el sufrimiento y la fragilidad y percibir los lazos que nos unen a otras personas; para sentir ternura, hay que tener conciencia de lo que nos rodea, porque no podemos cuidar y amar lo que no conocemos y, para esto, necesitamos tiempo, serenidad y cercanía con la gente, justo lo que no quiere el sistema, que monta su discurso ideológico con otros objetivos. En la ideología dominante, que es la ideología del capitalismo, las personas debemos producir y consumir; en las relaciones laborales, hay que competir y eso rompe los lazos de solidaridad; por otra parte, el tiempo es un lujo con el que no siempre contamos y la vida es una sucesión compulsiva de experiencias que nos impide ver las cosas que nos unen a una comunidad. Y es bueno ser conscientes del paso del tiempo, de las sensaciones que nos brinda la naturaleza y que son la promesa de una nueva etapa, como en este poema del otoño, que evoca el principio de curso…
Después del verano
El otoño es la tregua perfecta
para mirar la mañana sin prisa,
y esperar que se vayan forjando
en la quietud de la tarde, los sueños.
Que me cobije el cielo con sus nubes,
y traiga nuevas canciones el viento,
que sienta los sonidos de la lluvia
y que inunden mis ojos la belleza
de colores dorados y rojizos,
mientras mis pies caminan
sobre las hojas secas
que crujen a mi paso.
Como digo, el amor crea vínculos que nos hacen fuertes y en este libro hay mujeres amantes y amadas, madres, hijas, amigas, hermanas…
Son sentimientos compartidos que tratamos de hacer realidad con el objetivo de poner la vida en el centro y para ese objetivo, vale lo que hacemos ahora y también la memoria de lo que han hecho otras mujeres anteriores que han sido el paradigma “del amor, del cuidado y de la espera”, aunque tratamos de construir un nuevo modelo: el de las mujeres que dan amor y también lo exigen, porque ese amor que nos salva, que nos hace libres, que nos fortalece, solo se puede dar en unas relaciones de igualdad y ya he comentado que, en el apartado de la conciencia, las mujeres soñamos con la libertad y, por eso, el amor que queremos dar y que damos a manos llenas no puede ser la coartada para que nos exploten ni nos dominen, ni siquiera las personas que están más cerca. Dice Albert Camus que hay una cosa que se desea siempre y se obtiene a veces: la ternura humana. Quizás esto ocurre porque confundimos ternura con debilidad, y no queremos ser débiles, pero, como ya he dicho, no es debilidad sino fortaleza esa capacidad de los seres humanos para actuar sobre aquello que queremos proteger.
Y vivir todo eso es lo más parecido a la felicidad…
Felicidad
No tengo tiempo de no ser feliz.
Amaso cada día en la cocina
el pan de la esperanza, lo fermento
con risas y ternura.
Luego le saco brillo a las palabras
para alumbrar la casa y los caminos,
para cantar, para escribir poemas,
para soñar despierta.
Miro mi corazón para encontrarme
con la gente que quiero, en mi memoria
pespunteo sus nombres, veo sus rostros,
me digo que los amo.
Simultaneo respuestas y preguntas
con las que construir un mundo nuevo,
un mar sin tumbas, aire limpio, un cielo
para contar estrellas.
Me distraigo con un rayo de sol,
con el canto de un pájaro. Me gusta
saludar a la gente por la calle,
cruzar una sonrisa.
Y, por la noche, está el refugio cálido
de unos brazos, de unas palabras tiernas
que repiten “te quiero” muchas veces
-creo que veintiocho…-.
Sucumbo a la belleza cada día:
no tengo tiempo de no ser feliz.
La palabra, la conciencia y la ternura son, por lo tanto, el material con el que construimos los sueños, el material con el que nos enfrentamos cada día al dolor, a la tristeza, a la violencia, a la injusticia, al genocidio en Palestina, a la muerte en el mar… Nombramos esa realidad, sabemos por qué es así, soñamos otra forma de ser y de estar en el mundo y nos juntamos para hacerlo posible.
Voy a ir acabando pero quiero decir, porque así lo pienso, que ser sujetos literarios es una conquista y que yo me siento feliz cuando doy a conocer un nuevo libro, pero soy consciente de que, además de un esfuerzo personal, un libro es el resultado de una tarea colectiva, porque es necesario que otras personas aporten su profesionalidad, su atención y su confianza y, en ese sentido, tengo que agradecer a la Editorial Utopía Libros de Córdoba, a Rikardo y a Daniel -a quienes Luis y yo conocemos ya de otras publicaciones- su trabajo en el diseño y la edición de este poemario; a mi amiga Pepa Castillejo, que me ha enviado la foto de uno de sus cuadros para la cubierta; a Antonio Orcera, que me hizo la foto que aparece en la solapa con mis datos, a la escritora Carmen Domingo, por su prólogo “Soñar con palabras… para darle forma al mundo”; a algunas de las poetas que me han acompañado a lo largo de muchos años y a las que acudo para encabezar con sus palabras cada parte del poemario: Ida Vitale, María Zambrano, Angelina Gatell, Julia Uceda, Juana Castro, Olga Tobarczuk y Carilda Oliver, además de Alfonsina Storni, a quien dedico el colofón, magníficas todas desde nuestra filósofa de la razón poética María Zambrano a la poeta cubana del amor y la revolución Carilda Oliver; a todas las personas –algunas de ellas, también poetas- que, en algún momento, se han interesado por mi escritura y me animan a escribir; a mi amiga Isabel, por la lectura de los poemas; a las compañeras y compañeros de mi Partido; a mi familia, que participa de mi entusiasmo con cada nuevo proyecto y, una vez más, a todos uds., vosotras y vosotros, por querer acercaros a conocer La materia de los sueños. En uno de los poemas hablo de los libros, de lo que son para mí los libros –no me imagino un mundo en el que no existan- pero sé que un libro puede ser una idea magnífica, con un lenguaje tan bello como preciso y una edición cuidada al máximo, y, sin embargo, no estará completo hasta que las lectoras y los lectores lo tengan en sus manos y encuentren la palabra que les despierte alguna emoción. Ojalá que sea así: ojalá que estos poemas nos ayuden a soñar un mundo mejor, porque yo estoy convencida de que soñar otro mundo es ya luchar por transformarlo; y lo haremos desde unos valores alternativos, desde los valores que propugna el feminismo, porque la revolución será feminista… o no será.
Y quiero terminar con un poema de amor que, en tiempos de prisa e impaciencia, reivindica la magia de la lentitud. Dice así:
Necesitamos tiempo
para vivir los días lentamente,
tiernamente ocupados
en hilar cada tarde las palabras
y extender los pronombres
tú, yo, contigo, ellos
que son siempre nosotros,
desnudar las palabras de adjetivos
y sentirlas brillar puras y sabias.
Tiempo que se desliza dulcemente
para recomponer nuestros recuerdos
y regresar con nuevas emociones
a tardes de diciembre,
a mañanas de mayo
alumbradas de risas y promesas;
para perfeccionar nuestra estrategia
del asalto a los cielos
y bordar en tapices de esperanza,
los sueños largamente acariciados.
Tiempo para gastarlo
en regresar al punto de partida
y recorrer de nuevo,
por la piel, por los ojos y la boca,
la geografía exacta
del tiempo que ya somos, del que fuimos,
el tiempo de las risas y los besos,
del pan y de las rosas.
En la tarde tranquila
damos cuerda al reloj de los recuerdos,
rescatamos canciones
y hacemos el balance de los sueños.
Alégrate, amor mío,
de espera y de esperanza estamos hechos,
y somos ese tiempo que nos lleva,
que nos deja, nos mece, nos revive,
el tiempo del amor, que es nuestro tiempo.



Gracias, Pepe, por compartir la presentación (muy concurrida, afortunadamente) y gracias Ana Mari, por transmitir tanta emoción en tus palabras. Felicidades por este nuevo poemario, al que ya he dado una primera vuelta.
Abrazos.