Como si de un ritual cíclico se tratara, el encuentro volvió a producirse. Esta vez fueron las tierras de Priego de Córdoba las que nos acogieron. El agua, el barroco, las músicas tradicionales, el espíritu republicano y el ambiente monacal de nuestra hospedería se mezclaron con buenos caldos y mejores viandas, y con lo mejor: el deseo de vernos, de achucharnos y de seguir compartiendo tantas cosas, en definitiva, eso que llaman amistad.
Antes de entrar en el recuerdo de este viaje, hay que felicitar, de nuevo, a Pepenieto e Isabel, por el acierto en la organización.
La noche del viernes no pudo ser más completa. Cada vez somos más los que adelantamos la llegada, y en esta ocasión, una de las tabernas se nos convirtió, como del rayo, en espectáculo musical (“Bares, qué lugares”) por la gracia de un camarero-cantante-relaciones públicas y magnífico anfitrión.
La Fuente del Rey fue la primera parada de la mañana del sábado; parada a la que llegamos paseando por unas calles cuidadísimas, de casas señoriales, repletas de rejería y balconadas. Un trocito versallesco en medio de la subbética … y el agua que rezuma por los veneros ocultos bajo el pavimento, del nacimiento al Castillo, y de allí a las casas, y lo que sobra a los huertos; no se desperdicia ni una gota …
Las iglesias son muchas, y el barroco es rotundo y excesivo. La primera que vimos formaba parte casi de nuestro aposento: La Iglesia conventual de San Francisco, que sólo fue un aperitivo de los que sería la gran Iglesia de la Asunción, con algunas de las capillas más bellas que podíamos imaginar, sobre todo la del Sagrario, que es una de las joyas de la corona.
Vino luego el paseo (apresurado) por el Barrio de la Villa y los adarves altos, una encrucijada de callejuelas y macetas. No es barrio judío, nos dijeron, aunque por su estructura lo pareciera. Habrá que volver en primavera para verlo en todo su esplendor, y aprovechar los domingos de mayo, donde prolongan las procesiones y las tamboradas.
La visita a la Iglesia de la Virgen de la Aurora y el encuentro con los auroros de Priego, que desde hace más de cuatrocientos años entonan sus cantos las madrugadas de los domingos, fue un momento entrañable de una gran emotividad, que ni siquiera el aguanieve pudo enfriar aquella noche. Finalmente, entregamos al Hermano Mayor, Antonio Bermúdez Cano, la insignia de plata de Andaraje que inmediatamente fue incorporada a la imagen de la Virgen.
Dejamos para el final de la mañana la visita a la Casa de Don Niceto Alcalá Zamora, a quien los prieguenses llama cariñosamente “el presidente”; el Museo es extraordinario, los recuerdos y los detalles, emocionantes.
Por la noche y tras la cena, el autodenominado Brazo Tonto de Andaraje nos sorprendió a todos con una nueva edición de sus premios «Grajo Blanco», tarea a la que no se resignaron a aplazar, como se había previsto inicialmente por problemas de horario y, tomando como hilo conductor el Romancero Tradicional, provocaron, una vez más la sonrisa cuando no la carcajada, de premiantes y premiados que, al fin y al cabo, éramos todos. Agradezcamos lo a ellos:
Y ya, preparando la próxima reunión. Os esperamos.






















Comentarios recientes