Jóvenes
24.02.08 – ANA MORENO SORIANO
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La sal del chocolate de Fanny Rubio es la memoria de una generación -la de la autora- que vivió su juventud a finales de los años 60 y en los años 70, y se incorporó a la lucha política y social contra la dictadura desde su estrato de clase de la pequeña burguesía universitaria. Hay un aspecto en la narrativa de Fanny Rubio que me interesa especialmente y es el protagonismo del grupo como un espacio para compartir ideas y sentimientos, reafirmarse y poner de manifiesto las contradicciones.
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Los jóvenes universitarios que presenta Fanny Rubio en ‘La sal del chocolate’ son los mismos que aparecen, veinte años después, en ‘El hijo del aire’ y los mismos que constituían el grupo de Jesús de Nazaret en ‘El dios dormido’; en las tres novelas, todos tienen en común su deseo de transformar el mundo y todos pasan por experiencias parecidas en forma de resistencia, fracaso, claudicación o esperanza. Pienso en ello durante estos días en que los jóvenes universitarios están finalizando los exámenes correspondientes al primer cuatrimestre del curso académico.
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Para algunos, que han llegado a la Universidad por primera vez hace unos meses, los exámenes pondrán a prueba si han orientado bien su carrera, si dedican el tiempo suficiente y la metodología adecuada, si ven compensado su esfuerzo o aprenden en su carne la primera lección que es que aprobar no es cuestión de suerte sino el resultado de un trabajo. Los que ya llevan años en la Universidad, se debaten emocionalmente entre su presente de estudiantes y su futuro de trabajadores que es muchas veces incierto y abocado a seguir estudiando oposiciones como salida profesional. Pero todos se muestran, alternativamente, concentrados, eufóricos, contrariados, apesadumbrados, nerviosos, satisfechos, riendo a carcajadas y soltando tacos, pasándose mensajes por el móvil, intercambiando apuntes de urgencia y compartiendo mesa y comentarios delante del penúltimo café.
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Todos forman esos grupos de jóvenes que se harán amigos y compartirán esperanzas y sueños, como los jóvenes de las novelas de Fanny Rubio o los jóvenes del Colegio Universitario de Jaén que recordamos en nuestros hijos proyectos e ilusiones de hace treinta años: nosotros necesitábamos sentirnos parte del grupo, intercambiar miradas de complicidad, sentir que teníamos metas comunes, reafirmar nuestras convicciones y nuestro compromiso, explicitar la solidaridad para no instalarnos en el individualismo y sentir el apoyo de los demás para no dejarnos vencer por las frustraciones.
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Pienso que algo parecido es lo que une a los jóvenes de ahora pues, aunque las formas y los gestos puedan ser distintos, el grupo les servirá para seguir poniendo en común sus inquietudes y ése será el espacio donde irán adquiriendo la madurez de las decisiones y el compromiso, arriesgando y equivocándose a veces, aprendiendo siempre y manteniendo la capacidad de sorpresa.
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Y después, cuando pasen otros treinta años, comprenderán que el examen de Dialectología o de Derecho Administrativo sólo es un recuerdo amable, porque todos habrán experimentado el dolor de otros suspensos y la alegría de otros aprobados, incluso serán conscientes de que algunos iban al examen con chuleta mientras que a otros, cuando conocían las respuestas, les cambiaron las preguntas pero, aunque al mirarse recuerden con Neruda que ya no son los mismos, el tiempo y la distancia matizarán los aspectos más ingratos y cuando se junten al cabo de muchos años, con motivo de algo y por el empeño de algunos, vivirán la ilusión de que el tiempo se ha detenido porque se verán igual que entonces, a pesar de las arrugas y las canas, y se reconocerán en los gestos y en las palabras de aquel grupo de jóvenes que, entre examen y examen, aprobaban la vida.

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