HAY, en mi pueblo, un recinto amurallado que corre parejo a la historia de Jódar; la mayoría de los historiadores datan su construcción en la segunda mitad del siglo XIII y algunos, aunque sin mucha base historiográfica, piensan que existía en la época prerromana o romana y que fue reformado por los árabes. En cualquier caso, el castillo de Jódar es actualmente uno de los mejores conservados de Sierra Mágina y ahí está, presidiendo orgulloso el pueblo y demostrando algo tan obvio que a veces se olvida y es que la historia se mide por siglos.

En la otra historia, más pequeña, la intrahistoria que diría Unamuno, la historia de mi infancia y mi adolescencia, el castillo de Jódar era la referencia obligada de leyendas románticas y gestas heróicas, cuando intentábamos suplir con la imaginación otras carencias. Acercarnos a la Puerta del Aire, asomarnos a las almenas, merodear alrededor del castillo, cruzar por la calle Alhorí, tenía bastante de aventura en aquellos años en los que parecía que nunca pasaba nada e incluso la palabra ‘trascastillo’ tenía connotaciones singulares pues, aunque era sencillamente la calle del pueblo detrás del castillo, aludía, como extramuros, a una realidad que estaba fuera, más allá y que, por lo tanto, podía ser distinta e incluso misteriosa.

En los últimos veinte años, el castillo de Jódar ha sido felizmente recuperado para el pueblo y se ha convertido en un espacio hermoso para ser visitado y acoger, en sus estancias, importantes acontecimientos culturales y sociales, como el del sábado, 14 de junio, que ha tenido como protagonistas a Miguel Ángel Bago Lorite y a la Asociación Cultural Andaraje. Desde hace más de treinta años, el grupo Andaraje primero, y después la Asociación, trabajan por recuperar nuestras raíces culturales, por mostrar en Jódar la música folk de todo el mundo y llevar por todos sitios el nombre de nuestro pueblo, que siempre estará unido al barrio de Andaraje y al grupo que lleva su nombre. Pero hay otra tarea que también llevan a cabo con gran acierto y cariñosa dedicación y es mantener cohesionado a un grupo de amigos y amigas que seguimos encontrándonos en nuestro pueblo, hablando y cantando de nuestro pueblo, recordándonos y compartiendo proyectos de futuro. Creo que no me equivoco si digo que todo esto ha estado presente en el homenaje a Miguel Ángel Bago que, dicho sea de paso, merece ser socio de honor de Andaraje y de cualquier Asociación Cultural que se precie pues, durante muchos años, Miguel Ángel y su imprenta han dado cobijo a todas las inquietudes culturales, políticas, intelectuales, del pueblo.

La imprenta de Miguel Ángel era el ateneo cultural de nuestra adolescencia, el foro de debate, la tertulia de los amigos. Podía hacer de hermano mayor, de compañero o de colega, pero siempre inspiraba confianza porque, en todo momento, sabía decir, con su actitud, que nada humano le era ajeno. Esgrimía una ironía matizada por la ternura y, cuando se enfadaba, se parecía al Miguel Ángel de la Capilla Sixtina pero, siempre, la comprensión y la piedad frenaban su ira. Estoy hablando en pasado, porque recuerdo aquellas paradas en la imprenta a la vuelta del Instituto o, después, ya en la Universidad, cuando comentábamos allí las últimas noticias de lo que ocurría en los años setenta. Pero la suerte es que Miguel Ángel sigue siendo el buen amigo y compañero que era entonces, que sigue siendo una persona comprometida con su tiempo, un hombre bueno al estilo de Machado, profundamente culto, sin poses ni estridencias, sencillo y trabajador toda la vida, universitario a tiempo parcial en las aulas, pero abierto al universo en sus valores.

Ésta es la suerte; la pena es que no pude estar con él y con los amigos y amigas de Andaraje para compartir una velada, que sé que ha sido maravillosa, en el castillo de Jódar.